#Columna: Y siguen sin gustarme los quehaceres domésticos

No leo, pero el Club de Lectura Feminista me ha incentivado a leer un poco más.

Del último libro  «La mística de la feminidad» de Betty Friedan, me leí el primer capítulo sugerido.

Fue loco pensar que fue escrito en 1964 y que mucho de lo que se describe ahí todavía pasa, ¡y tanto!.

Me cargan los “quehaceres hogareños”, nunca mantengo un hábito de tener los lugares de mi casa en perfecto orden pese que es muy agradable cuando eso ocurre. Comprenderán que bajo esta cualidad, mi tema nunca pasó por soñar tener un hogar bajo los mismos términos que las mujeres estadounidenses descritas en el libro. Más bien, en mi hogar soñado había hijos y una pareja. Quizás soñé en algún momento un vehículo para pasear con ellos, pero me daba lo mismo, por ejemplo, la marca o tamaño de la lavadora.

Trabajaba fuera del hogar gracias a que la Nona, mi abuela paterna, vivía con nosotros. Pese a sus más de 90 años, era mis ojos y mis brazos en la casa, era ese apoyo que se brinda al vivir en comunidad (mis dos hijos aprendieron a contar y los números gracias a los juegos con naipes con ella).

En esta comunidad de apoyo, además, siempre estuvo ella, el ser que admiro, quien me ayuda con eso que detesto que son los “quehaceres hogareños”. Casi el 100% de las veces tuvimos “nanas” muy bacanes y que les estoy eternamente agradecida.

A los 94 años ni Nona nos deja terrenalmente y esos ojos cuidadores y esos brazos que daban la bienvenida se extrañaban.

Lo conversamos con mi esposo y decidí dejar de trabajar fuera del hogar. Renuncié y me quedé en la casa, lo cual disfruté muchísimo. Siempre tuve ese agradecimiento por parte de ellos tres de que todo lo que preparaba, cuidaba o me ocupaba, era algo no obligatorio, sino que lo recibían como gestos de amor hacia ellos.

Todo iba de maravillas, pero comenzó sin darnos cuenta, y sin una mala intención de por medio, a que mi rol tuviera cada vez más responsabilidades, a tal punto se esperaba que yo todo lo supiera, yo todo lo organizara y que yo todo lo administrara. El papá de mis hijos ya dejó de saber el nombre del profesor jefe y del pediatra y era yo, además, una interlocutora muchas veces, entre nuestros hijos y él.

En algún momento conozco Facebook, encuentro compañía de adultos de varios países que no conocía y con los cuales podría jugar póker online y chatear. Me parecía un mundo muy propio, un mundo solo mío, que me encantó… y me volví adicta.

Estaba en este proceso de adicción cuando cambio de ciudad de residencia en conjunto con mi familia y las cosas empeoraron. En la nueva ciudad no conocía a nadie. Quedaron atrás mis amigas del colegio, ex compañeros de trabajo, ex compañeros de la universidad, amigas apoderadas del curso de la Majo y del curso del Diego. Yo le llamo “mi época oscura”. Me veía todos los días sola en mi casa con todo lo que no me gustaba hacer.

A los cuatro años de este cambio de ciudad me separé luego de 20 años de un muy buen matrimonio.

Mi duelo, encuentro yo, fue lo justo y necesario. Lloré dramáticamente, luego llore en forma calmada, luego lloraba vez que recordaba la separación y cada día que pasaba todo fue sanando. En este proceso pedí ayuda psicológica. Para mí fue de gran ayuda en este proceso. La Gladys, mi psicóloga, me animó a ir descubriéndome, a ir yo dando respuestas a mis dolores, a mis malestares de estómago (si algo que haces o vives te da “dolor de guata”, evítalo).

Para mí fue clave el pensar qué estaban viendo mis hijos de todo esto, qué ejemplo quería darles. De todo esto ellos sacarían enseñanzas, como yo, y esperaba fueran las más positivas. Me pregunté: ¿Cómo quisiera que vivieran la Majo y el Diego sus propias separaciones? Me pregunté: ¿quiero verlos llorando tirados en la cama por meses pensando que el mundo se acabó? ¿o llorando lo que dure, y reinventándose, y empoderándose de su vida, para seguir adelante? Así me di respuesta a lo que quería hacer.

Volví a mundo laboral (lo cual es para otro largo tema, solo les dejo esta nota: ¿sabían que para muchos trabajos tener 35 o 40 años ya eres vieja? Y ni hablar del requisito de “excelente presentación personal” … ufffff!). Junto con el regreso al mundo laboral llegaron nuevos amigos, aprendizajes, desafíos y mayor independencia para todos en casa.

Hoy llevo más de 5 años separada, más de uno divorciada, mis hijos excelentes compañeros de viaje, me he ido cambiando de trabajos porque yo lo decido, mejorando remuneraciones y desafíos. Me he permitido muchas cosas nuevamente, estoy con “pololo” y pronto seré tía por primera vez. Solo energías positivas.

Y siguen sin gustarme los “quehaceres hogareños”, mi refrigerador tiene más de 20 años, mi auto está muy viejito pero sigue alivianando los ir y venir y, lo más importante, ¡me sigue llevando a nuevas aventuras!

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